Agustín, si ese era su nombre, apareció durante unas semanas en la biblioteca en la que yo llevo ya varios años trabajando. Era uno de esos hombres que no pasan completamente desapercibidos. Tenía una manera particular de vestir, de hablar y, sobre todo, de relacionarse con quienes estábamos detrás del mostrador.
María, mi compañera de aquellas tardes, parecía despertar especialmente su interés. Hubo conversaciones extrañas, propuestas inesperadas y alguna situación que, vista hoy desde la distancia, resulta casi imposible de explicar.
Hasta que un día Agustín apareció de una manera que nos dejó sin saber muy bien qué hacer. La biblioteca estaba llena. Nosotros estábamos detrás del mostrador. Y entre una mirada y otra, unas discretas pataditas debajo de la mesa.
Después de aquella tarde, Agustín desapareció. No volvió nunca más.
Han pasado casi veinte años y todavía hay cosas que no sabemos. Ni siquiera estamos seguros de que se llamara Agustín.
Pero quizá lo más extraño sea otra cosa: ¿y si aquella última vez que lo vimos no fue una casualidad?
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