Hay verbenas que no se olvidan.
No por la música. No por las luces. Ni siquiera por aquella niña que te hacía mirar más de la cuenta mientras fingías que conducías sin rumbo en una pista de coches de choque.
Hay verbenas que se quedan porque, en medio del ruido, el bullicio, la gente y la fiesta, algo se desequilibra.
A veces no es más que un instante breve. Un gesto brusco. Un adulto ejerciendo su pequeña parcela de poder con una contundencia innecesaria. Y yo, un niño que no entiende del todo qué hizo mal, pero que sospechó durante un tiempo que quizá el error era él.
En este episodio de Limiar vuelvo a agosto del 87 u 88, a Cee (A Coruña), a la Virxe da Xunqueira, a las escopetas de aire comprimido con el punto de mira torcido y a esa pista iluminada donde aprender a chocar formaba parte del juego.
Pero también vuelvo a la primera vez que entendí que la humillación puede caber en un gesto mínimo.
Porque crecer no siempre consiste en dejar atrás la infancia. A veces consiste en volver a esa pista, subirse de nuevo al coche y decidir que ya nadie tiene derecho a bajarte.
Tal vez tú también tengas algún botón en el suelo que todavía no has recogido. Escúchalo y entenderás.
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