Hay viajes que no se miden en kilómetros, sino en tiempo compartido.
Mucho antes de las autovías rectas, de los climatizadores que convierten el coche en una burbuja perfecta y de la música infinita en streaming, hubo carreteras que se atravesaban despacio. Hubo maleteros que nunca parecían cerrarse del todo. Hubo cintas de casete, calor sofocante y preguntas insistentes desde el asiento de atrás: “¿Cuánto falta?”.
En este nuevo Limiar vuelvo a aquellos trayectos hacia el sur. A las dos Castillas extendiéndose como una prueba de paciencia. Al toro recortado en el horizonte. Al olor de las almazaras en Jaén. A la sensación de que cruzar Madrid a tiempo era casi una hazaña.
Pero también hablo del presente. De viajar ahora con mis hijas. De pantallas que hacen desaparecer el paisaje. De la tecnología que nos aísla del calor exterior mientras fuera el asfalto arde. Y de esa pequeña batalla silenciosa por conseguir que miren por la ventanilla.
Porque quizá viajar nunca fue solo llegar a un destino. Quizá fue aprender a atravesar un país. Y entender, con los años, que ese país no estaba solo fuera del coche.
Estaba —y sigue estando— en nosotros.
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